Fran Rivera
Pertenece a una de las grandes estirpes de matadores de nuestro país. Nació entre tardes de fiesta y trajes de luces. Francisco Rivera supo bien joven de la crudeza del arte de los suyos. Su padre murió en Pozoblanco, roto por el embiste de Avispado, un toro que cambió en tarde de septiembre (1984) la vida de los Rivera. A pesar de ese recuerdo imborrable y trágico, Francisco Rivera supo que los toros, el arte del capote y la presteza en la plaza, formaban parte indisoluble de su vida. Y tomó la alternativa, con veintiún año y muchos sueños, en la Real Maestranza de Sevilla, de la mano de Espartaco y con Jesulín de Ubrique de testigo. Temporada a temporada, el joven Francisco se ha labrado una fama de profesional y serio, audaz y seguro. El toro es su mundo... y su mundo se amplía con el amor. El 23 de octubre de 1998 se casó en la catedral de Sevilla con Eugenia, hija de la duquesa de Alba. Su amor se vio recompensado con el nacimiento de su hija, Cayetana, un año más tarde. El torero y la aristócrata vivieron un un cuento de hadas con sabor muy español, al que decicieron poner punto y final de mutuo acuerdo en marzo de 2002.
